Cronica
Ese día me levanté temprano sin muchas ganas de ir al colegio. Pensé que iba a ser una jornada igual a las demás, con clases, tareas y exámenes. Me preparé, desayuné rápido y salí de mi casa.
Al llegar al salón, todo transcurrió con normalidad hasta que un profesor nos puso a trabajar en equipo. Al principio hubo diferencias de opinión y fue un poco difícil organizarnos, pero poco a poco empezamos a escucharnos y a repartir el trabajo. Al final logramos terminar la actividad y el profesor nos felicitó por el esfuerzo.
En el descanso aproveché para hablar y reír con mis amigos. Esos momentos siempre ayudan a olvidar un poco el estrés de las clases. Después seguimos con las demás materias y, aunque el día fue largo, aprendí cosas nuevas y entendí mejor algunos temas que antes me costaban.
Cuando sonó el timbre de salida, regresé a mi casa pensando en todo lo que había pasado. Ese día me di cuenta de que el colegio no solo sirve para aprender de los libros, sino también para aprender a trabajar con otras personas, a ser responsable y a valorar el tiempo que compartimos con nuestros compañeros. Fue un día sencillo, pero dejó una enseñanza que no voy a olvidar.
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